Estimado amigo, estimada amiga, del derecho a la alimentación:
Desde inicios de año, COVID-19 se ha propagado por todo el mundo. Ha provocado un retroceso considerable en términos de desarrollo humano, sobretodo en los países más pobres, y en la vida y los medios de vida de las comunidades más vulnerables.
Con ello se agudiza la pobreza y el hambre. Según la última edición del Estado de la Seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI 2020), casi 690 millones de personas siguen sin comer lo suficiente para una vida sana y plena. Además, el estudio señala que persisten los retos en la lucha contra la inseguridad alimentaria y la malnutrición en todas sus formas, como los conflictos o el cambio climático.
La pandemia de COVID-19 nos recuerda que se pueden revertir los números, dando lugar a un mundo en el que todos podamos disfrutar del derecho a una alimentación adecuada. COVID-19 puede ser un catalizador del cambio si transitamos hacia sistemas alimentarios más sostenibles. Más que nunca, es importante promover el acceso y la disponibilidad de alimentos inocuos y nutritivos.
Ya se han puesto en marcha respuestas para recuperarse de la crisis. En tanto en cuanto nos encontramos ante una emergencia global, COVID-19 puede ser trampolín para fortalecer la solidaridad entre países y las alianzas, al mismo tiempo que lograr la Agenda 2030. En este escenario, los derechos humanos no solo deben protegerse, sino también utilizarse como brújula para navegar en esta nueva realidad y orientar las decisiones políticas.
Los próximos meses serán decisivos para afrontar los efectos de la pandemia y reconstruir mejor, sin dejar a nadie atrás.
El Equipo de Derecho a la Alimentación de la División de Transformación Rural Inclusiva e Igualdad de Género de la FAO
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